La guerra entre Rusia y Ucrania se reanuda con fuerza esta semana, marcada por nuevos intercambios de ataques aéreos. La madrugada del lunes, Rusia lanzó una serie de ataques con misiles y drones en varias regiones ucranianas, destacando el puerto de Odesa, donde un proyectil impactó en un edificio residencial, resultando en la muerte de tres personas y dejando a 17 más heridas. Los bombardeos también se concentraron en las regiones de Dnepropetrovsk y Járkov.
En respuesta, Ucrania llevó a cabo ataques con drones en varios puertos de la costa rusa del Mar Negro, específicamente en Krasnodar, incluyendo ciudades como Novorosisk y Sochi. Según el gobernador de Krasnodar, Veniamin Kondratiev, ocho personas fueron heridas y varios edificios sufrieron daños en el ataque. Las autoridades rusas indicaron que fragmentos de drones derribados también causaron daños en algunas empresas.
Uno de los principales objetivos de los ataques ucranianos fue una infraestructura petrolera en Novorosisk. El Ministerio de Defensa ruso afirmó que las instalaciones del Consorcio de Gas y Oleoductos del Caspio fueron atacadas para causar daños económicos a los inversionistas, incluidos intereses de Estados Unidos y Kazajistán. No obstante, el consorcio no confirmó el ataque y el gobierno de Kazajistán indicó que el volumen de exportación de petróleo no se vio afectado.
La Casa Blanca, en un esfuerzo por proteger los intereses estadounidenses, había solicitado a Kiev en enero que evitara bombardear infraestructuras energéticas que pudieran verse comprometidas. Sin embargo, las autoridades militares ucranianas sostienen que sus ataques han sido dirigidos a instalaciones clave para desestabilizar la capacidad de Rusia para financiar la guerra.
El comandante ucraniano Robert Brovdi afirmó que sus fuerzas habían impactado la fragata portamisiles Almirante Makarov, el buque de guerra ruso más significativo en la zona tras el hundimiento del Moskva en abril de 2022. Además, se reportó la destrucción de una plataforma marítima de extracción de gas, parte de una estrategia más amplia para erosionar las capacidades de producción y exportación de Rusia.
En medio de este conflicto, el gobernador de la región de Lugansk, considerada parte de la Federación Rusa por el Kremlin, anunció el exitoso rescate de 41 mineros atrapados en la mina Belorechenskaya. Estos mineros quedaron varados sin electricidad tras un ataque ucraniano con drones sobre una estación cercana, complicando su salida a la superficie.
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