La promesa de pacificar al país quedó sepultada, una vez más, bajo la sangre de inocentes. Este 17 de mayo, México volvió a estremecerse con una nueva tragedia: diez integrantes de una familia fueron asesinados en el municipio de Tehuitzingo, Puebla, entre ellos una bebé.
Una masacre que exhibe con crudeza el fracaso de la estrategia de seguridad impulsada por Morena desde su llegada al poder hace más de siete años.
Mientras desde Palacio Nacional se insiste en discursos triunfalistas y en cifras maquilladas, la realidad golpea con brutalidad a miles de familias mexicanas que viven atrapadas entre el miedo, la impunidad y el abandono gubernamental.
La pregunta es inevitable y retumba con fuerza en cada rincón del país: ¿no que ya se habían acabado las masacres?
Lo ocurrido en Puebla no es un hecho aislado. Es parte de una espiral de violencia que continúa creciendo mientras el gobierno federal presume una supuesta transformación que jamás llegó en materia de seguridad.
Hoy México sigue acumulando ejecuciones, desapariciones, fosas clandestinas y asesinatos colectivos, mientras las autoridades parecen más preocupadas por proteger su narrativa política que por proteger a los ciudadanos.
El dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cardenas, condenó el asesinato de esta familia a través de sus redes sociales y aseguró que este crimen enluta no sólo a Puebla, sino a todo el país. Además, expresó solidaridad con los familiares de las víctimas y advirtió que México no puede normalizar el horror ni permitir que estas atrocidades queden impunes.
El señalamiento también puso el dedo en una de las heridas más graves de la actual administración: el abandono de los municipios.
En Puebla, como en gran parte del país, los presidentes municipales enfrentan prácticamente solos al crimen organizado después de que el gobierno de Morena recortó recursos, debilitó las policías locales y concentró las decisiones de seguridad sin ofrecer resultados contundentes.
La consecuencia de esa política fallida es evidente: comunidades indefensas frente a grupos criminales cada vez más violentos. Cuando se abandonan los municipios, se abandona también a la ciudadanía. Sin policías fortalecidas, sin presupuesto y sin coordinación real, la violencia termina imponiendo su ley.
La masacre de Tehuitzingo no sólo enluta a Puebla; es otra prueba del desastre de seguridad que vive México bajo un gobierno que prometió paz y terminó entregando más muerte, más miedo y más impunidad.
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