A menos de dos años del Mundial de 2026, la presencia de jugadores naturalizados en la selección mexicana vuelve a encender un debate recurrente: la identidad del equipo nacional y el impacto que estas convocatorias tienen en el crecimiento de futbolistas formados en casa. Ex seleccionados y referentes del futbol mexicano cuestionan que algunos extranjeros opten por el pasaporte mexicano únicamente al ver cerradas las puertas con sus países de origen, lo que, aseguran, interrumpe procesos juveniles.
“El trámite lo hacen sólo para jugar un Mundial”, señala Oribe Peralta, campeón olímpico en Londres 2012, mientras el actual técnico Javier Aguirre mantiene abierta la posibilidad de incluir a más naturalizados en la lista definitiva exigida por la FIFA.
El propio Aguirre tiene un largo historial con este tipo de futbolistas. En sus distintas etapas al frente del Tri ha considerado a cinco jugadores naturalizados: los argentinos Gabriel Caballero (Corea-Japón 2002), Guillermo Franco (Sudáfrica 2010) y Matías Vuoso, quien finalmente no acudió a la Copa; además de los actuales Germán Berterame y el colombiano Julián Quiñones. A este grupo se suma ahora el español Álvaro Fidalgo, quien obtuvo la nacionalidad mexicana en diciembre pasado por solicitud del cuerpo técnico y podría ser convocado a partir de marzo, rompiendo un precedente histórico: México nunca ha llevado más de dos naturalizados a un Mundial.
Las críticas no se han hecho esperar. Adolfo “Bofo” Bautista, mundialista en 2010, considera que estos jugadores rara vez marcan diferencia. “Cuando llegan a la selección no dan el ancho. El aficionado sólo acepta a un naturalizado si es claramente superior al mexicano, y eso casi nunca pasa”, afirmó. En su opinión, la solución pasa por fortalecer las fuerzas básicas y permitir que los jóvenes se equivoquen y maduren dentro de procesos a largo plazo.
Una práctica de larga data
La inclusión de futbolistas nacidos en el extranjero no es nueva. En las Copas del Mundo de Suiza 1954 y Suecia 1958, México contó con el cubano Jorge Romo y el español Carlos Blanco. Décadas después, Gabriel Caballero participó en Corea-Japón 2002, y bajo la dirección de Ricardo La Volpe, rumbo a Alemania 2006, aparecieron nombres como Antonio Naelson Sinha y Guillermo Franco. El periodo con más pruebas se dio durante la gestión de Sven-Goran Eriksson, cuando también fueron considerados Leandro Augusto y Matías Vuoso, aunque sólo Franco acudió finalmente a Sudáfrica 2010.
Para Luis Hernández, goleador histórico del Tri en Francia 1998, el problema no es la falta de talento joven, sino la falta de oportunidades. “No les permiten crecer ni equivocarse. El único naturalizado que realmente funcionó fue Sinha”, sostiene. Hernández subraya que el futbol mexicano carece hoy de figuras capaces de cargar al equipo y que promesas como Armando González o Gilberto Mora requieren mayor roce internacional para consolidarse.
Desde 2019, únicamente el argentino Rogelio Funes Mori logró asistir a una Copa del Mundo, dejando fuera a Santiago Giménez, entonces con menor madurez futbolística. Años después, el técnico Gerardo Martino reconoció que pudo haberse equivocado tras la eliminación temprana en Qatar 2022. Actualmente, Berterame y Quiñones se perfilan como los principales naturalizados rumbo a 2026.
“En el caso de Quiñones es distinto, porque se formó aquí desde joven”, matiza Peralta. “Pero cuando alguien se naturaliza sólo para disputar una Copa del Mundo, la prioridad debería ser el jugador mexicano”. Con la posible inclusión de Álvaro Fidalgo a pocos meses del torneo, el Tri podría vivir un escenario inédito: tres naturalizados en una lista mundialista, una decisión que promete seguir generando controversia.

