Asistir a un partido del Mundial de 2026 se ha convertido en un lujo al alcance de muy pocos. Lo que para muchos aficionados representa el sueño de toda una vida, hoy puede costar tanto como adquirir un automóvil o incluso una vivienda. Aunque la FIFA inició en noviembre la venta de un número limitado de boletos a precios considerados accesibles —desde mil 92 pesos—, en el mercado de reventa los costos se han disparado hasta multiplicarse por 60, con entradas que oscilan entre 66 mil pesos y cifras que alcanzan los 22.4 millones.
En Estados Unidos, uno de los países sede, el panorama ha generado sorpresa e inconformidad incluso entre autoridades y aficionados. Se estima, por ejemplo, que un solo espacio de estacionamiento para la final podría costar alrededor de 200 dólares (unos 3 mil 595 pesos), lo que pone en entredicho la promesa de la FIFA de organizar “el espectáculo más inclusivo del planeta”. Todo esto ocurre en un país donde el futbol —conocido localmente como soccer— aún compite por espacio frente a deportes como el beisbol, el futbol americano, el basquetbol y el hockey sobre hielo.
De acuerdo con el más reciente informe del organismo rector del futbol mundial, se han recibido más de 150 millones de solicitudes de boletos provenientes de más de 200 países, para una oferta de entradas 30 veces menor. Esta expectativa no solo rompe récords históricos, sino que supera por más de tres veces el total de asistentes acumulados a los 964 partidos disputados en las 22 ediciones del Mundial desde 1930. Al mismo tiempo, reproduce una barrera de exclusión similar a la que ya enfrentan miles de aficionados en África, donde seguir a su selección en torneos continentales se ha vuelto prácticamente imposible por los altos precios.
Pese a este contexto, la FIFA insiste en su narrativa de inclusión. Sin embargo, organizaciones como FairSquare y Football Supporters Europe (FSE) han acusado al organismo de contradecir sus propios estatutos, tanto por el diseño de un sistema de venta de entradas con precios hasta cinco veces más altos que en Qatar 2022, como por su cercanía política con el presidente estadounidense, Donald Trump.
Según el documento de candidatura presentado en 2018, el costo total para seguir todo el camino de una selección hasta la final debía ser de 2 mil 242 dólares (unos 40 mil pesos) en la categoría más económica. No obstante, colectivos de aficionados estiman que, con los precios actuales, esa cifra ronda los 6 mil 900 dólares, más del triple de lo previsto originalmente.
Ante las críticas, Gianni Infantino anunció una reducción en el precio de las localidades más básicas, fijándolas en 60 dólares (alrededor de mil 78 pesos) por partido, incluida la final. No obstante, estas entradas representan un porcentaje mínimo del total y corresponden a las zonas más alejadas de los estadios. Además, su distribución quedará en manos de las federaciones nacionales participantes, que definirán los criterios para asignarlas a los llamados “aficionados más fieles”, es decir, quienes acrediten asistencia previa a partidos oficiales, tanto de local como de visitante.
La brecha entre el interés global y los costos elevados se hace cada vez más evidente. Mientras crece la demanda mundial por asistir al torneo, el modelo de negocio de la FIFA prioriza la recaudación por encima de la accesibilidad. Un anticipo de este fenómeno ya se vio en la Copa Africana de Naciones, donde estadios con boletos agotados registraron miles de asientos vacíos debido a los precios exorbitantes en la reventa. En algunos casos, entradas con valor oficial de 59 dólares llegaron a ofrecerse hasta en 590 dólares.
Pese a las críticas, Infantino celebró las cifras de venta y aseguró que el Mundial 2026 marcará un antes y un después en la historia del torneo. “No cabe duda de que haremos historia en Norteamérica”, afirmó, al destacar lo que calificó como una respuesta abrumadora de los aficionados. En la misma línea, adelantó que el certamen incorporará elementos propios del espectáculo deportivo estadounidense, como shows de medio tiempo y dinámicas en cancha, comparando el evento con “140 Super Bowls en un mes”.
Así, mientras el interés global por el futbol alcanza niveles inéditos, el Mundial 2026 se perfila como un negocio récord que, para muchos seguidores, se vivirá más desde la distancia que desde las tribunas.
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